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Artículo publicado en la Revista Encrucijadas
Año 1 N° 8 Introducción
Este
artículo presenta argumentos para interpretar la construcción del
uso de drogas como problema social. La calificación del uso de drogas
como delito y enfermedad ha dado lugar a una serie de dispositivos,
representaciones y prácticas sociales que impactan en los sujetos
calificados de "adictos".
El
fenómeno del uso de drogas y la transmisión del VIH/sida son particularmente
analizados, enunciando la estrategia de reducción de daños y la intervención
comunitaria como modos de aproximarse a la
defensa de los derechos de las personas que usan drogas, reivindicando
su condición de ciudadanos. Medicalización
y control
En el corriente siglo, cada vez mayor número de situaciones
que antes no eran definidas como “problemas médicos” ingresan en su
jurisdicción. Ivan Illich calificó este fenómeno como “medicalización
de la vida”. Este proceso de medicalización tiene consecuencias
en las formas de definir, interpretar y tratar/resolver los hechos
de los que se ocupa. Si bien esto remite a un amplio espectro de acontecimientos,
tales como el embarazo y el parto, las normas de crianza de los niños,
etc., nos centraremos en la medicalización
de la anormalidad, es decir en “la
definición y la etiquetación del comportamiento anormal como problema
médico, como enfermedad, que obliga a la clase médica a aportar algún
tipo de tratamiento para el mismo” (Conrad, 1982). Simultáneamente
se observa una creciente utilización de la medicina como agente de
control social.
Un análisis del concepto de medicalización
requiere referirnos a dos ideas sociológicas generales: la construcción
social de la enfermedad y la relación
entre enfermedad y anormalidad.
Podemos reconocer diversos enfoques
en la conceptualización de la enfermedad: el concepto positivista,
que define a la enfermedad como proceso biológico, que afecta el buen
funcionamiento del organismo; la posición cultural
relativista, para la que una condición es enfermedad sólo si así
es reconocida y definida por la cultura ; y el enfoque construccionista,
para el que “las enfermedades
son juicios que los seres humanos emiten en relación con condiciones
que existen en el mundo natural” (Conrad, 1982). Este último enfoque
integra lo simbólico a otros procesos ; la construcción social
de la enfermedad implica procesos sociales subjetivos y categorizaciones
cognitivas y normativas. Desde este enfoque, Conrad trabaja con las
designaciones: la enfermedad como juicio social y negativo. “De
ello se desprende lógicamente que tanto la diagnosis -como clasificaciones
sistematizadas- como los tratamientos se fundamentan en estos juicios
sociales; no se puede separarlos”.
Por otra parte, las relaciones existentes
entre enfermedad y anormalidad ya fueron señaladas por Parsons: “la
enfermedad tiene que ser definida -en uno de sus aspectos principales-
como una forma de conducta desviada” (Parsons, 1984). Para este
autor, inscripto en la orientación positivista, la desviación es real,
existe en la experiencia objetiva y remite al comportamiento que se
encuentra por fuera del sistema normativo (enfermedad y criminalidad).
Por lo tanto, interesa preguntarse por las causas de la conducta anormal.
Por el contrario, el interaccionismo considera a la desviación como
una definición social; la aplicación de nociones como bueno/malo,
correcto/incorrecto, sano/enfermo,
son relativas y socialmente construidas, desde relaciones de poder.
De allí que para la perspectiva interaccionista, el interés se centra
en los procesos de construcción de tales definiciones y en las consecuencias
del etiquetamiento tanto para los “desviados” como para los autores
de esas atribuciones.
En distintos momentos históricos,
diversas áreas y prácticas sociales han sido definidas de diferente
manera. Estas diferentes definiciones implican la designación de distintos
agentes de control. Volviendo entonces a nuestro planteo inicial -la
medicalización de la anormalidad-,
es observable que las definiciones médicas de la conducta desviada
aumentan en forma creciente en las modernas sociedades industriales.
“A las conductas desviadas, antes definidas como inmorales, pecaminosas
o criminales, se les han dado significados médicos. Algunos dicen
que la rehabilitación ha reemplazado al castigo, pero en muchos casos
los tratamientos médicos se han convertido en nuevas formas de castigo
y control social” (Conrad y Schneider, 1985). Entendemos por control
social a los medios utilizados por una sociedad para asegurar
la adhesión a sus normas, o dicho de otra manera, la forma en que
minimiza, elimina o normaliza el comportamiento desviado. Pueden reconocerse
controles sociales formales e informales. Siguiendo a Castel y Coppel,
distinguiremos autocontroles
y controles societarios entre los controles sociales informales y heterocontroles
como las formas institucionalizadas de control social (Castel y Coppel,
1994).
Es así que prácticas sociales designadas
como desviación, en distintos momentos históricos, son conceptualizadas
y por ende controladas, por distintas agencias. Se advierte un pasaje
que partiendo de la definición de la desviación como pecado, controlado
por la Iglesia, re categoriza ciertas prácticas como delito, que pasa
a ser controlado por el Derecho y luego como patología, sobre la que
tiene autoridad la Medicina. Este pasaje conlleva la transformación
de la noción de intencionalidad/culpabilidad
en la de no intencionalidad/inimputabilidad
y el cambio de un paradigma punitivo a uno rehabilitador. Como señala
Freidson : “el derecho
trata con actos de desviación imputada por los que el actor es hecho
responsable y por los que debe pagar, en tanto que la Medicina se
ocupa de la desviación imputada por la que no se considera que el
actor es responsable y que es ‘tratada’ más que ‘castigada’” (Freidson,
1978). Este pasaje está
influido por procesos ideológicos de secularización y humanitarismo
y por procesos socio - económicos, ligados al papel del Estado y su
función regulatoria. Estos cambios en la definición del comportamiento
anormal, de sus sanciones y agentes de control son conflictivos y
en cada momento histórico pueden coexistir distintas agencias encargadas
del control de ciertas prácticas, como resulta evidente en el caso
particular del uso de drogas ilícitas.
Para
que este proceso de medicalización se produzca, deben configurarse
una serie de condiciones :
·. Un comportamiento debe ser socialmente definido como anormal.
·. Debe ser socialmente definido como problema por un grupo de
poder.
·. Las formas previas de control social deben ser consideradas
insuficientes o inaceptables.
·.
La institución médica debe estar de alguna manera preparada
para hacerse cargo de dicho comportamiento.
·. Deben existir algunos datos orgánicos sobre la fuente del problema.
·.
La clase médica debe aceptar que el comportamiento anormal
entra en su jurisdicción.
La medicalización de la anormalidad
tiene una serie de consecuencias, entre las que señalaremos :
·. Expansión de la jurisdicción de la medicina, sin tener en cuenta
su capacidad para ocuparse adecuadamente de un problema. Esto se asocia
al crecimiento de la industria farmacéutica y a la interconexión entre
medicina y gobierno.
·. Oscurecimiento de la preeminencia del orden moral por el vocabulario
tecnológico - científico de la medicina.
·. Profesionalización de los problemas humanos y sociales y delegación
en los expertos de su atención, con su consecuente despolitización.
·.
Utilización de métodos
poderosos y a veces irreversibles para tratar el comportamiento anormal,
que generalmente sirven de apoyo al status quo.
·. Individualización de las dificultades humanas y minimización
de su naturaleza social.
Elegimos ilustrar los conceptos
expuestos, con la práctica social del consumo de sustancias psicoactivas
como ejemplo del proceso de medicalización.
De
práctica social a delito - enfermedad
Cualquier tratado de farmacología da cuenta de la enorme variedad
de psicofármacos naturales y sintéticos disponibles en la actualidad.
Esto no debe hacer olvidar la complejidad del tema desde el punto
de vista temporal y espacial. Salvo las comunidades que viven en zonas
árticas, desprovistas de vegetación, no hay un solo grupo humano que
no haya hecho uso de alguno de ellos desde tiempos inmemoriales hasta
hoy. Esto hace al asunto de
las drogas un fenómeno plural en sí; se da en una pluralidad de
tiempos, en una variedad de lugares y por medio de diversas sustancias.
Tal como plantea Oriol Romani, "...los
usos de drogas son un fenómeno universal, mientras que la existencia
de la drogodependencia como fenómeno social es característico de las
sociedades urbano - industriales" (Romaní, 1992).
Al respecto Antonio Escohotado señala:
"Tras milenios de uso festivo,
terapéutico y sacramental, los vehículos de ebriedad se convirtieron
en una destacada empresa científica, que empezó incomodando a la
religión y acabó encolerizando al derecho, mientras comprometía a
la economía y tentaba al arte" (Escohotado, 1989). Este párrafo
sintetiza el pasaje en la conceptualización de una práctica que, integrada
socialmente durante siglos, pasa a ser definida como desvío, controlado
sucesiva y conflictivamente por diversas agencias.
Si revisamos entonces las condiciones
que han posibilitado la medicalización del uso de drogas, encontraremos
que esta práctica comienza a ser definida como anormal y como problema,
recién en la segunda mitad del siglo XIX
[1] . El pasaje del morfinismo
a la morfinomanía señala la transformación de una práctica puramente
privada en actividad antisocial. A fines del siglo XIX, se acuña el
término toxicomanía, para designar a aquellos que abusan de drogas
no tradicionales en Occidente; de la referencia a un producto de predilección,
se pasa a la descripción de una desviación: el abuso, forzosamente
perverso, de un producto tóxico. Podemos ubicar el origen de esta
definición, en un nivel estrictamente sociopolítico y es en los Estados
Unidos donde con mayor claridad se advierte la “empresa moral” encarada
por los grupos de poder anglosajones. De problema que mostraba la
“debilidad moral” de grupos considerados amenazantes (la población
china pobre e industriosa, pero exigente en materia de salarios; los
negros, latinos, irlandeses e italianos), el consumo de drogas se
convirtió en delito de carácter planetario, merced a los Convenios
de Ginebra.
[2]
Se volvieron entonces necesarios los heterocontroles,
pues los usuarios de drogas pasaron a ser percibidos como una amenaza,
tanto desde la perspectiva de la defensa social como de la salud pública.
"Con la aparición de los
heterocontroles, la cuestión de la droga se torna la cuestión de la
toxicomanía, cuestión de la responsabilidad (tratamiento y/o represión)
de un problema especial por parte de agentes especializados. En nuestras
sociedades, dos instancias especializadas se encuentran en una situación
de rivalidad - colaboración para el heterocontrol de la toxicomanía:
la justicia y la medicina" (Castel y Coppel, 1994).
Un claro ejemplo de la disputa por
el control de esta “anormalidad”, así como de algunas de las consecuencias
antes señaladas de la medicalización, puede encontrarse en la actual
situación en la Argentina. La ley 23.737 sanciona penalmente la tenencia
de drogas. El espíritu general de la ley considera que el consumidor
de drogas es un "delincuente" y un "enfermo",
por lo que da lugar a tratamientos compulsivos. En caso de que
el tenedor compruebe que los estupefacientes están destinados a su
consumo personal, la punición puede ser reemplazada por medidas "curativas"
o "educativas". Si esa persona se niega a recibir tratamiento,
debe cumplir la pena establecida para la tenencia de drogas. Si acepta,
una vez que ha concluido el tratamiento en forma satisfactoria y
después de un lapso de tres años, previo dictamen de peritos que acrediten
que ha logrado una "reinserción
social plena, familiar, laboral y educativa", podrán suprimirse
los antecedentes penales. En caso de que transcurridos dos años
de tratamiento no se obtuviera
un grado aceptable de recuperación por
su falta de colaboración, "se
reanudará el trámite de la causa (en el caso de procesados) y podrá aplicársele la pena" y en el caso de condenados, "el
tribunal hará cumplir la pena en la forma fijada en la sentencia"
[3] .
Si bien lo mencionado pareciera
abonar un paradigma más represivo que medicalizado, entendemos que
se está perfilando una clara hegemonía del aparato médico. Siguiendo
a Grimberg, “definimos como
construcción social de los procesos de salud - enfermedad - atención
al proceso de condicionamiento recíproco entre las representaciones
y las prácticas, desarrolladas tanto por los ‘especialistas’ del campo
-incluidos los distintos niveles de atención institucional y no institucional
y los diversos conjuntos sociales” (Grimberg, 1995). La creación
de los primeros centros de atención de usuarios de drogas en la Argentina,
abonó una construcción inicial del uso de drogas como problema psiquiátrico
- toxicológico, cuyo control fue confiado a profesionales médicos,
para pasar luego a ser “percibido, categorizado y significado” como
problema psico - social, para el cual se requería la colaboración
de otros profesionales y también luego de los "ex adictos". El usuario de drogas es concebido entonces como un enfermo por causa conocida, cuya cura puede lograrse si se impide su acceso a la sustancia dañina causante. En la mayor parte de las organizaciones que ofrecen tratamiento, la condición de ingreso es la suspensión del consumo, lo cual remite a una situación paradójica: aquellos que concurren a un servicio con el objetivo de dejar de consumir, deben hacerlo antes de comenzar el tratamiento. Las modalidades de atención incluyen una variedad de combinaciones de disciplinas y técnicas que incorporan desde enfoques psiquiátricos hasta propuestas con fuerte contenido religioso. Prácticas definidas como psicoanalíticas y comunidades terapéuticas aparecen como los dos recursos más habituales. Si bien en ambas pueden reconocerse antecedentes teóricos y modelos explicativos dispares, las intervenciones apuntan a un mismo objetivo: la abstención (Touzé et al., 1997).
En
todo este proceso, sin embargo, la práctica de uso inyectable de drogas,
que tiene antecedentes poco conocidos y estudiados en la Argentina,
quedó oculta y eludida para la mayor parte de los centros de atención
de usuarios de drogas, aunque su relación con la transmisión del VIH/sida
ofrecía una especial ocasión a la perspectiva medicalizante que predomina
en el área.
La
reducción de daños como estratega preventiva
La
fuerza del paradigma abstencionista retrasó significativamente la
aceptación de otros modelos de trabajo como el de la reducción de
daños.
El
concepto de reducción de daños asociado al uso de drogas se enlaza
con posturas sanitarias de principios del siglo XX. Existe acuerdo
en que la recomendación a los médicos de prescribir drogas no sólo
en base a la suspensión de las dosis, sino también en dosis decrecientes,
hecha por el Comité Rolleston en Gran Bretaña en la década del ’20,
es el antecedente de esta política social. El concepto de reducción
de daños se desarrolla en la década del ’70 en Holanda cuando aparecen
alternativas profesionales identificadas con la perspectiva del usuario
de drogas, denominadas “modelo de la aceptación” (del Río, 1995).
Esta
estrategia preventiva tuvo un rápido desarrollo en Europa occidental
y en Australia y en los últimos años en Canadá y Estados Unidos de
Norteamérica.En América latina, Brasil es el único país que la ha
incorporado como política pública de prevención del VIH/sida, mientras
que en la Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, México, Paraguay y
Uruguay, tiene una grado de aplicación diferente según cada país.
Bajo
la denominación de reducción
de daños se agrupan una multiplicidad de programas con diverso
tipo de intervenciones, lo que da cuenta entre otras cosas, de las
diferencias en los contextos culturales en que se desarrollan.
Hay
casos en que esta estrategia se enraíza en una estructura sanitaria,
por lo general del sistema público, que ya desarrollaba programas
en esta perspectiva desde hace varias décadas (por ejemplo, programas
de sustitución con metadona). El eje está puesto en los beneficios
de esta modalidad respecto del cuidado de la salud de los usuarios
de drogas y su impacto en la salud pública (Rossi y Touzé, 1996)
Pero
también es posible observar en algunos programas, una lectura de corte
más social, que hace hincapié en la marginalización y estigmatización
de los usuarios de drogas e insiste en la necesidad de cambiar las
representaciones sociales que fomentan estos mecanismos de exclusión.
Esta perspectiva no se limita a los aspectos sanitarios del cuidado
y mejoramiento de la salud sino que postula la defensa de los derechos
de las personas que usan drogas, reivindicando su condición de ciudadanos,
con los mismos derechos a la vida, la libertad, la estabilidad y el
acceso a la salud que los no - usuarios.
Básicamente,
los programas de reducción de daños dejan de lado la idea de que la
abstención es la única meta a ser perseguida; los servicios son más
accesibles a los usuarios, tanto en cuanto a la localización, como
a la flexibilidad de horarios y a los requerimientos. En lugar de
esperar la llegada espontánea de los usuarios, los centros difunden
y ofrecen sus servicios en los locales de reunión de usuarios y a
través de sus redes de interacción habituales. El trabajo callejero
constituye una estrategia clave. Se ofrece una amplia gama de servicios
y de alternativas, entre las que se destacan la provisión de condones
y de jeringas estériles. Estos programas se apoyan en la participación
de los mismos usuarios de drogas como actores de la prevención.
Según
estudios internacionales, la mayoría de los usuarios de drogas inyectables
(aproximadamente el 85%) nunca llegan a servicios de tratamiento (Needle
et al, 1998). Los programas de reducción de daños se dirigen con prioridad
a los usuarios de drogas por vía intravenosa que no frecuentan las
instituciones y que tienen escaso o nulo contacto con los dispositivos
sanitario y social. Llegan a grupos de usuarios de drogas con largas
historias de uso inyectable y que están en significativo riesgo de
infección por VIH. Esto no excluye que los principios de la reducción
de daños puedan aplicarse a otras poblaciones: de lo que se trata
en definitiva es de ayudar a las personas a que desarrollen sus prácticas
en situaciones de menos riesgo, en lugar de imponerles el abandono
de dichas prácticas. Una
de las principales conclusiones del estudio multicéntrico de la Organización
Mundial de la Salud [4]
, es que los datos aportan una evidencia
muy clara respecto de los cambios que los usuarios de drogas
inyectables (UDIs) producen en sus comportamientos si tienen acceso
a la información preventiva acerca del VIH/sida, y a las medidas adecuadas
para producir ese cambio. Esos cambios de comportamientos ayudaron
a prevenir la epidemia en algunas ciudades. Otra de las evidencias
más concluyentes es que
las ciudades que respondieron más rápido con políticas preventivas
de transmisión del VIH entre los UDIs., lograron contener el avance
de la epidemia en esa población. Ello indica la importancia de tomar
medidas tales como el acceso legal a la disponibilidad de agujas y
jeringas para todos los que las usen y el desarrollo de programas
de intervención en el contexto de uso de drogas a fin de tender puentes
entre los UDIs y los equipos de salud, aún cuando las cifras de la
epidemia sean todavía bajas (Stimson et al, 1998).
El
40% de las personas con sida en la Argentina atribuyen la transmisión
del VIH al uso compartido del material de inyección. El Ministerio
de Salud estima que hay aproximadamente 120.000 personas viviendo
con VIH en la Argentina. Es la tercer causa de muerte para todo el
país entre los 15 y 44 años, la primera en la ciudad de Buenos Aires
y la segunda en la Provincia de Buenos Aires. No obstante, son aún
muy escasas las iniciativas de trabajo que buscan alcanzar a la población
de usuarios de drogas inyectables en la perspectiva de reducir los
daños asociados con el uso de drogas.
En
el año 1998, la Asociación Civil Intercambios, comenzó con un proyecto
de investigación - intervención acerca de la prevención de la transmisión
del VIH entre usuarios de drogas inyectables. Para abril del año 1999
estábamos comenzando con un gran desafío, demostrar que era posible
hacer reducción de daños en la Argentina, y elegir el trabajo comunitario
para trabajar con una población que poco aparecía en los escasos relatos
que hasta ese momento estaban documentados. (Touzé et al, 1999).
Los
objetivos del proyecto incluyeron el análisis de la situación del
uso de drogas respecto de la infección por VIH en la Argentina y del
perfil de los usuarios de drogas inyectables de la ciudad de Buenos
Aires. Como producto del análisis de esos datos es que desarrollamos
un proyecto piloto de reducción de riesgos de transmisión del VIH
entre usuarios de drogas en la zona sur del Gran Buenos Aires.
Utilizamos la metodología de Evaluación
y Respuesta Rápida recomendada por la Organización Mundial de la Salud
(Stimson et al, 1998). Se recogió información proveniente de estudios
publicados y datos de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales.
El
análisis de los datos del contexto general, mostró vacíos importantes
en la información, tales como, la escasa actualización de los datos
existentes, la escasa producción de datos acerca de la vía de consumo,
la poca información referida a población no vinculada con instituciones
de tratamiento, y por último, el desconocimiento de datos globales
acerca de la incidencia del
consumo de drogas inyectables y su relación con el VIH.
Con el fin de construir el perfil del uso de drogas inyectables en Buenos Aires, se realizaron
60 entrevistas a informantes clave. Al mismo tiempo, se efectuaron
60 entrevistas en profundidad a usuarios de drogas inyectables actuales,
que no estuvieran en programas de tratamiento por drogas.
Los
datos obtenidos indican que llegamos a una población mayoritariamente
masculina, joven, soltera, con bajo nivel de instrucción, con empleos
sin calificación y sin relación de dependencia. Muchos de ellos viven
en zonas marginales de Buenos Aires y en general no son el principal
sostén del hogar. La principal droga de consumo inyectable entre ellos
es la cocaína.
Así
fue que como producto de los datos obtenidos en la investigación y
de los vínculos de confianza establecidos a partir de las entrevistas
realizadas a los usuarios de drogas inyectables, pudimos comenzar
intervenciones comunitarias basadas en el pasaje de información, la
apropiación de herramientas que sirvieran para modificar algunas de
las prácticas que podían favorecer la transmisión de enfermedades,
la participación de los propios usuarios en la planificación de las
acciones y su capacitación e incorporación como educadores de pares.
En junio de 1999 comenzamos con el primer programa de distribución
de jeringas en la Argentina.
La
intervención comunitaria se diseñó como una “búsqueda del derecho
a la diferencia, excluyendo la sanción del juicio moral para llegar
a ser una búsqueda de la igualdad de los derechos” (Cavalcanti, 1995).
.
Para desarrollar una tarea preventiva
debe atenderse a la complejidad y diversidad de los usos de drogas,
de los contextos en que ese uso se da, y de los sujetos que participan
y son actores de la tarea preventiva, ya que el discurso uniforme y pretendidamente seguro acerca
de "la droga" no sólo es inadecuado sino fuente de otros
sufrimientos como alimento de los procesos de estigmatización social.
El
trabajo comunitario permite la posibilidad de identificar los obstáculos
y posibilidades que en el ámbito de la sociabilidad propia de un territorio
encuentran los usuarios de drogas para ser considerados sujetos de
la prevención, para acceder a los recursos necesarios para el auto
cuidado. A la vez, hace necesario el trabajo en redes que organicen
y potencien la información y las acciones de diferentes grupos comunitarios
(Goltzman, 2001). Los
obstáculos se relacionan con todas las barreras materiales y simbólicas
que impiden el acceso a la información, a los cuidados y a la gestión
del riesgo en las prácticas de los sujetos. El trabajo comunitario
permite escuchar las interpretaciones de los sujetos respecto de esos
obstáculos, a la vez que observar la interacción social y facilitar
un proceso de integración y aproximación de recursos. Pero es condición
para este proceso que los propios sujetos sean protagonistas de las
decisiones y orientaciones del trabajo. Eso significa incorporar en
el diseño y el desarrollo de las intervenciones a los usuarios de
drogas. Considerar sus conocimientos y saberes, potenciarlos y articularlos
con saberes y conocimientos provenientes del campo científico o técnico.
Las
posibilidades están dadas en muchas ocasiones por la propia organización
social del territorio en el que trabajamos. La tarea de conocimiento
de esas oportunidades y de acercar otras más distantes es también
un trabajo que tiene necesidad de la integración en equipos de personas
del ámbito comunitario junto con los técnicos. Esos procesos de ampliación
del conocimiento individual situado en un ámbito micro social, que
comienza a nutrirse del conocimiento de otros sujetos y los recursos
de diversas instituciones, habilita la construcción de redes que pueden
tener como intención ampliar los márgenes de aprovechamiento de los
recursos de un determinado grupo de personas.
“La
intervención comunitaria descansa pues en la apertura de los profesionales
a los espacios no institucionales, lo que implica otra representación
social de los papeles de los profesionales, de los no profesionales
y de los usuarios. El postulado de base: la ciudadanía de los agentes
sociales investidos a partir del reconocimiento de sus diferentes
campos de experiencia” (Cavalcanti, 1995). Significa integrar la cuestión de los derechos de los usuarios de drogas, el desplazamiento de la representación del usuario de drogas como delincuente o enfermo para considerarlo un ciudadano y sobretodo "ciudadano como los demás".
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D. et al.:Psiquiatría crítica.
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Buenos Aires, Argentina, 2001 (en prensa).
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Holanda,1999. Touzé, Graciela; Rossi, Diana; Cymerman, Pablo; Ereñú, Norma; Faraone, Silvia; Goltzman, Paula; Rojas, Enrique; Vásquez, Susana “Prevención del VIH/SIDA en usuarios de drogas. Resultados de un proyecto de investigación e intervención”, editado por Intercambios, Buenos Aires, Argentina, noviembre de 1999.
[1] No nos detendremos,
por considerar que excede las posibilidades de este trabajo, a analizar
dos situaciones históricas que preanunciaron este pasaje a la “anormalidad” :
la persecución a los cultos báquicos, ligados al consumo de alcohol,
en el Bajo Imperio Romano y la “caza de brujas” en el medioevo,
con su asociación al uso de sustancias psicoactivas.
[2] Los Convenios
de Ginebra son una serie de acuerdos internacionales sobre fiscalización
de estupefacientes. En 1925 se firmó el primero.
[3] Ley 23.737,
art. 18, 21 y 22. [4] En 1989 la Organización Mundial de la Salud (OMS) inició un estudio comparativo acerca del uso inyectable de drogas y la infección por VIH en 12 ciudades del mundo (Atenas, Bangkok, Berlín, Glasgow, Londres, Madrid, Nueva York, Roma, Río de Janeiro, Santos, Sydney y Toronto). Se entrevistaron 6.390 UDIs entre octubre de 1989 y marzo de 1992, la mayoría de los cuales no estaban participando en ese momento de programas de tratamiento por el uso de drogas. Es el estudio más grande de su tipo en el mundo, que usa una metodología e instrumentos de recolección de datos estandarizados.
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