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Artículo publicado en la revista - libro Ensayos y Experiencias,
Año 7 N° 39
De esa manera se diseñó la intervención comunitaria como una “búsqueda del derecho a la diferencia, excluyendo la sanción del juicio moral para llegar a ser una búsqueda de la igualdad de los derechos”[2]. Con la convicción de que el camino comenzado no tenía vueltas para atrás, hemos crecido en el trabajo, renovamos objetivos, transferimos capacidades a otros para que puedan operar en el terreno. La confidencialidad y el resguardo del derecho a la privacidad de las personas, son preocupaciones cotidianas en la aplicación de una estrategia preventiva que busca reconocer al uso de drogas como una práctica social y por ende, la condición de ciudadanos de los sujetos que forman parte de esta experiencia. Escribimos este artículo con la expectativa que pueda servir para pensar mejores intervenciones, para aportar a una discusión sobre el trabajo comunitario y sobre el trabajo en prevención del sida y el uso de drogas. Al inicio del trabajo... En el trabajo comunitario, uno de las primeras preguntas que aparecen está ligada a ¿cómo se comienza?, quienes son las personas que habilitan el contacto inicial con la comunidad, entendida más como un espacio simbólico heterogéneo que como un espacio físico determinado. Una condición para la intervención comunitaria está dada por la negociación previa con el tejido social en el cual se inscribe el proyecto de intervención, en nuestro caso esta negociación previa estuvo fuertemente signada por la incorporación en el proyecto de un ex usuario de drogas, quien abrió las puertas, y habilitó el acceso a una red de usuarios de drogas. La negociación establecida en su figura hizo de puente entre los profesionales y los usuarios de drogas. En una casa de familia se agrupaban naturalmente usuarios de drogas, lo hacían para compartir una cerveza, una charla entre amigos. En ese espacio desarrollamos los primeros talleres preventivos, y las primeras acciones grupales. Esta es una de las claves de nuestro trabajo. No fue la habilidad en crear un espacio grupal lo que permitió el desarrollo del proyecto de Reducción de Daños, sino la habilidad para observar una dinámica que se daba naturalmente, comprenderla y aprovecharla en función de nuestros objetivos. El trabajo comunitario no se desarrolla importando esquemas de trabajo, sino observando-comprendiendo las características y capacidades del espacio de trabajo, acordando-“negociando” puntos de encuentro de realidades. A partir de este encuentro es que el trabajo fue guiado en varios sentidos: - uno dedicada al pasaje de información,- otro al trabajo para lograr que en ese ámbito privado, en esa casa se distribuyeran jeringas y preservativos. - otro en la línea de transferencia de capacidades para constituir operadores locales para el trabajo en el proyecto de reducción de daños. Para el primer objetivo propuesto se optó por el trabajo en talleres. Una secuencia breve de no más de 40 minutos donde fue fundamental definir y delimitar con la máxima exactitud y rigurosidad posible las características deseadas de la información, ¿cuál era la imagen que queríamos dar de aquel que hablaba, cómo íbamos a comunicar ese mensaje, qué decir y cómo hacerlo? La credibilidad del mensaje estaba en función no sólo del contenido y de su veracidad, sino también de la credibilidad de la fuente. En este sentido se apeló a utilizar información que no diera respuestas preconcebidas, pero si un conjunto de instrumentos que ayudara a las personas a apropiarse de algunos cuidados respecto de su salud y de sus prácticas. Para que esto sea posible el trabajo debe dar prioridad a una relación diferente, una relación de “partenariado”, de intercambio de conocimientos, una relación de trabajo y confianza, en la que los usuarios son considerados como personas responsables.Mientras los talleres se sucedían y crecía el vínculo con las personas, avanzábamos en el desarrollo del segundo objetivo. No basta con informar sobre los riesgos de transmisión del virus del sida o de las hepatitis, ni con preguntarnos acerca de lo que empuja al hombre a correr riesgos. Lo que hay que hacer es ofrecer medios de protección; creíamos que esa casa, que ese lugar de encuentro era muy bueno para realizar entrega gratuita de jeringas y preservativos. Cumplía algunas condiciones, el lugar era conocido por muchas personas usuarias de drogas inyectables y por las que usaban drogas por otras vías, muchos otros se agrupaban en ese espacio y quien era dueño ocupaba con bastante claridad un lugar de liderazgo entre sus pares. Era claro que el puesto de entrega de material debía estar dentro del mismo barrio. Existía una convicción de que era la mejor forma de realizar esta tarea, con el pleno aval de las personas y la responsabilidad de ellas. El 25 de junio de 1999 entregamos la primera jeringa. Trabajamos en forma paralela la formación de usuarios y ex usuarios de drogas en el trabajo preventivo, en la creencia que la educación entre pares es una de las estrategias principales para trabajar en prevención. Denominamos operadores comunitarios, a los usuarios y ex usuarios de drogas que hoy trabajan en el proyecto y que se han convertido en agentes de salud. El propio operador fijó como condición para la entrega de los materiales, que no se vinieran a pedir más allá de la una de la madrugada, esto puede leerse como una primera pauta de encuadre del propio trabajo del operador barrial. Con el tiempo descubrimos algunas invenciones que los usuarios de drogas le estaban dando al proyecto, a la vez que eran más personas las que se involucraban en la distribución de los materiales. Se abrochaba un preservativo a los materiales preventivos y se entregaban juntos, o se abría una línea de entrega en otro barrio. Pero el trabajo comunitario no puede apoyarse en el trabajo de una única institución, sino que otra clave del trabajo está en el armado de una red de instituciones cuya oferta de servicios puedan ser requeridos por la población usuaria de drogas o que estén vinculadas al tema sida. Necesitamos trabajar con una clara conciencia de que un proyecto de prevención del sida entre usuarios de drogas por vía inyectable no podía resolver todos los problemas que se presentaran en el trabajo comunitario. La gestión de esta red de servicios no es un trabajo sencillo, atribuible en gran medida al estado general en que funcionan las instituciones, con prestaciones de servicios cada vez más deteriorados y con mucha dificultad para abrir sus puertas y su trabajo hacia afuera. Antes señalábamos como las características del lugar van a permitir desarrollar distintas líneas de trabajo. Comprender esas características es fundamental para el desarrollo de las intervenciones. Nuestro trabajo tenía dos características principales, por un lado la que se describió brevemente, hizo hincapié en un proyecto de intervención comunitaria localizado, a partir de usuarios de drogas agrupados naturalmente. Por otro lado, teníamos un grupo de usuarios de drogas que no podían ser recortados geográficamente, y a partir de allí se desarrolló una línea de trabajo que centró sus acciones en el trabajo en redes de usuarios sin una localización específica, cubriendo un territorio más amplio y respondiendo a las redes naturales de inserción del operador comunitario. El giro que fue tomando esta línea de intervención comunitaria fue trabajar con un operador que no ofrecía un espacio físico definido sino que hace de eje articulador de relaciones que son de su ámbito de vida. Es un trabajo que se extiende por las redes naturales del operador. Si se dieron estas dos líneas de intervención creemos que es atribuible al mapeo inicial de la población y sus características (observación y comprensión del espacio comunitario sobre el cual se construye la intervención), a las características de los operados contactados que desarrollaron un estilo de trabajo a partir de sus experiencias de vida, y a las características de los profesionales intervinientes que aprendieron y desaprendieron a lo largo de la tarea, imágenes conceptos e ideas sobre el trabajo preventivo y sobre los usuarios de drogas. Los profesionales supervisando y coordinando tareas en el campo también van moldeando y son moldeados por los propios usuarios; siendo lo que está siempre en el centro de la intervención comunitaria un vínculo, en las distintas dimensiones posibles, vínculos personales, grupales, sociales.Ordenando la tarea… La intervención comunitaria, lejos de ser espontánea, exige de un esfuerzo técnico por ordenar, sistematizar la experiencia; sin caer en tecnicismos que desnaturalicen la intervención, la intervención comunitaria implica profesionalidad, la puesta en marcha de conocimientos y técnicas movilizantes de una diversidad de nuevos conocimientos.En el segundo año del proyecto algunos cambios se fueron sucediendo en las intervenciones, nuevos actores entraron a escena y fue necesario reflexionar sobre su inclusión, atendiendo a las complejidades del entramado de un trabajo comunitario. Se hizo real aquel dicho que señala que más difícil que empezar un trabajo comunitario es sostenerlo. A medida que el trabajo avanzó se fueron incorporando nuevos agentes al trabajo en reducción de daños al mismo tiempo que otras personas salieron del trabajo en terreno para pasar a ocupar nuevas funciones dentro del proyecto.Si antes hablábamos de la importancia de la creación de un vínculo como condición del trabajo comunitario, esa idea nos va a permitir pensar lo que significó la modificación de los vínculos, elaborar la idea de que el proyecto es importante más allá de las personas que puedan encarar una acción en terreno. Los vínculos podían ser restablecidos para seguir trabajando en esta idea de moldearnos mutuamente y aprender mutuamente junto con las intervenciones. Durante el primer año trabajamos con dos modelos de intervención comunitaria, uno se basaba, en la distribución móvil de material y otro en las intervenciones localizadas. En el segundo año las acciones se organizan en torno a equipos de trabajo. El proyecto tiene dos equipos, formados cada uno de ellos por un operador comunitario y otro técnico.El operador comunitario es el mayor conocedor del lugar donde se trabaja, es el responsable de establecer los contactos con la población, su tarea se centra principalmente en la toma de contacto y vinculación con los usuarios de drogas, la identificación de espacios de concentración y circulación de usuarios de drogas, la distribución de los materiales de difusión, de preservativos y jeringas y el registro del trabajo de campo. Su palabra, cumple un papel fundamental a la hora de pensar intervenciones, y vuelve a hacernos reflexionar sobre un punto que ya habíamos esbozado anteriormente referido a la transmisión de información, y más que eso a la necesidad de transferir capacidades técnicas a los operadores comunitarios. Es parte de un difícil proceso de construcción de habilidades y conocimientos, de saberes diferentes y experiencias de vida diferentes, pero que en un proyecto de intervención comunitaria tienen necesariamente que buscarse y construirse en un espacio común. “La intervención comunitaria descansa pues en la apertura de los profesionales a los espacios no institucionales, lo que implica otra representación social de los papeles de los profesionales, de los no profesionales y de los usuarios. El postulado de base: la ciudadanía de los agentes sociales investidos a partir del reconocimiento de sus diferentes campos de experiencia”.[3] El operador técnico
es responsable de la ejecución de las intervenciones. Su tarea se centra
principalmente en la vinculación con los usuarios de drogas en sus contextos,
el desarrollo de los talleres de sexo seguro y de reducción de daños,
la ejecución de las acciones de sensibilización comunitaria, el contacto
y la articulación entre instituciones, la identificación de potenciales
agentes de campo, la consejería y el registro del trabajo de campo.
Pensamos la supervisión como un espacio en el que intervienen la institución a través de la figura del supervisor, el supervisor, los operadores comunitarios y técnicos, y el espacio comunitario mismo. Creemos que la supervisión es acompañamiento del trabajo comunitario, sin estar presente en él. Es control de cumplimiento de las tareas planificadas y de las líneas generales de la intervención. Es espacio de capacitación teórica y práctica, y también es condición para el desarrollo de la tarea. En el espacio de las intervenciones, hubo una
de ellas que cobró un papel especialmente relevante y sobre la que quisiéramos
aportar algunas consideraciones. Se ofreció la posibilidad de realizar
estudios de seroprevalencia de VIH, hepatitis B y C a los usuarios de
drogas inyectables con los que estábamos trabajando. Esto nos llevó
a hacernos algunas preguntas que en el trabajo con usuarios de drogas
cobran no poca relevancia ¿De qué concepción de salud estábamos hablando?,
¿Qué aspectos estábamos movilizando en las personas?, y ¿cómo íbamos
a trabajar conteniendo y vehiculizando esa movilización? Pero eso es sólo una parte, un pequeño recorte de la vida de las personas
y de las intervenciones posibles con las personas. Trabajamos con usuarios
de drogas, trabajamos con personas en situación de marginalidad, pero
sus vidas y los lugares que ocupan, las identidades que representan
son mucho más que un recordatorio de riesgos y daños. En todo caso “empecemos
por reconocer que una vida sin riesgos es inviable, sin ellos la vida
no tiene sentido y estamos abocados al suicidio”[4]. La
diferencia en la manera de tomar los riesgos de la vida está en las
convicciones con las que los tomamos, en la información que tenemos
para optar por ellos y en los medios que tenemos para hacer frente a
esos riesgos. Mayor cantidad de personas se van involucrando en el trabajo, prestan sus casas para entregar material, contactan nuevos usuarios, solicitan y participan en talleres informativos, instituciones barriales, comedores se acercan para interesarse por el trabajo, involucrarse y plantear nuevas demandas. Durante el segundo año de trabajo se agregaron dos nuevos puestos fijos de distribución de material, lo que sumado a los que teníamos anteriormente hacen cuatro puestos de distribución de material preventivo, tres casas de familia, a los cuales se les deja el material y ellos administran la entrega, y un puesto móvil que traza un recorrido dos veces por semana por lugares de concentración de usuarios de drogas y usuarios de drogas inyectables. ¿Cómo fuimos consiguiendo estos nuevos lugares? Uno de ellos, la casa de un usuario de drogas es un espacio por el cual circulan muchos usuarios de drogas, comparten ese espacio con una charla, o una cerveza . Con el permiso del dueño de casa dejábamos los materiales en una pequeña mesita en un rincón de la casa, y aunque nadie reconocía el uso inyectable ante nosotros, los materiales iban desapareciendo. Con el tiempo, estas personas se fueron presentando, lo que entendemos como un acto de confianza hacia el proyecto y sus caras visibles en el barrio. El otro puesto se estableció en la casa de una pareja, Nancy y Raúl que fueron presentados por el operador comunitario. Desde este puesto de distribución se entrega material fundamentalmente a trabajadoras sexuales que pertenecen a barrios muy diversos. Para todos los puestos de distribución de material, se aplica una planilla de registro de materiales, que se implementa como indicador de evaluación del proyecto. El promedio de materiales distribuido mensualmente asciende en la actualidad a 4.000 preservativos, y 400 kits preventivos conteniendo una jeringa, una tapita para preparar la sustancia, una dosis de agua destilada, dos paños de alcohol para desinfectar la zona de inyección, un preservativo y folletos informativos sobre inyección segura y utilización de forros. Discusión Algunas últimas precisiones se imponen antes de dar fin al relato. Par desarrollar una tarea preventiva debe atenderse a la complejidad y diversidad de los usos de drogas, de los contextos en que ese uso se da, y de los sujetos que participan y son actores de la tarea preventiva, ya que el discurso uniforme y pretendidamente seguro acerca de "la droga" no sólo es inadecuado sino fuente de otros sufrimientos como alimento de los procesos de estigmatización social.El trabajo comunitario permite la posibilidad de identificar los obstáculos y posibilidades que en el ámbito de la sociabilidad propia de un territorio encuentran los usuarios de drogas para ser considerados sujetos de la prevención, para acceder a los recursos necesarios para el autocuidado y la prevención. A la vez, hace necesario el trabajo en redes que organicen y potencien la información y las acciones de diferentes grupos comunitarios. Los obstáculos se relacionan con todas las barreras materiales y simbólicas que impiden el acceso a la información, a los cuidados y a la gestión del riesgo en las prácticas de los sujetos. El trabajo comunitario permite escuchar las interpretaciones de los sujetos respecto de esos obstáculos, a la vez que observar la interacción social y facilitar un proceso de integración y aproximación de recursos. Pero es condición para este proceso que los propios sujetos sean protagonistas de las decisiones y orientaciones del trabajo. Eso significa incorporar a los usuarios de drogas en el diseño y el desarrollo de las intervenciones. Considerar sus conocimientos y saberes, potenciarlos y articularlos con saberes y conocimientos provenientes del campo científico o técnico. Las posibilidades están dadas en muchas ocasiones por la propia organización social del territorio en el que trabajamos. La tarea de conocimiento de esas oportunidades y de acercar otras más distantes es también un trabajo que tiene necesidad de la integración en equipos de personas del ámbito comunitario junto con los técnicos. Esos procesos de ampliación del conocimiento individual situado en un ámbito microsocial, que comienza a nutrirse del conocimiento de otros sujetos y los recursos de diversas instituciones, habilita la necesidad de la construcción de redes que pueden tener como intención ampliar los márgenes de aprovechamiento de los recursos de un determinado grupo de personas. Atravesando horizontalmente este trabajo comunitario se encuentra la cuestión de los derechos de los usuarios de drogas, el desplazamiento de la representación del usuario de drogas como delincuente o enfermo para considerarlo un ciudadano y sobretodo "ciudadano como los demás".
BIBLIOGRAFÍA: [1]
Coordinadora del Área de Prevención de la Asociación Civil Intercambios.
Trabajadora social, docente investigadora de la Facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de Buenos Aires. |